Coleccción ANAQUEL DE POESÍA, nº164
I.S.B.N: 979-13-87751-31-9
64 páginas 16€
Prólogo: Ascensión Rivas
¿Qué queda de las personas que
fuimos en las habitaciones de la infancia, de los amores que se apagaron
sin ruido en un tren de ida y vuelta, o en el desorden de un piso de
estudiantes?
La costumbre de volver es un viaje poético y luminoso
a través del tiempo, la memoria y la maduración. Con una
voz honesta, certera y profundamente cercana, Eva María San Segundo
teje un mapa íntimo sobre cómo habitamos los recuerdos
y cómo aprendemos a convivir con las versiones antiguas que seguimos
llevando dentro.
Un libro que duele un poco, que abriga otro tanto, y que nos recuerda
que escribir y recordar es, en el fondo, la única manera humana
de permanecer.
Porque la memoria no conserva sitios.
Conserva versiones nuestras
que ya no existen.
Eva María San Segundo Jiménez

(Ávila, 2001) es filóloga hispánica,
profesora de Lengua Castellana y Literatura y entrenadora de fútbol
base. Graduada en Filología Hispánica por la Universidad
de Salamanca, ha completado su formación con estudios de posgrado
vinculados a la enseñanza de la lengua y la literatura.
Su vida transcurre entre las aulas, los libros y los campos de fútbol,
espacios aparentemente alejados que conviven con una misma vocación
por observar, enseñar y contar. Su escritura nace de una mirada
íntima sobre aquello que permanece: la infancia, los afectos,
las ciudades, el paso del tiempo y las distintas versiones de nosotros
mismos que va dejando la memoria.
La costumbre de volver es su primer poemario. En él construye
una geografía personal hecha de habitaciones, trenes, ciudades,
amores y recuerdos, y convierte la escritura en una forma de regresar
a todo aquello que el tiempo transforma sin conseguir borrar por completo.
ESTACIÓN
Las estaciones de tren
siempre huelen un poco a despedida.
Aunque nadie se marche.
La gente arrastra maletas
como quien transporta versiones distintas de sí misma.
Hay abrazos rápidos,
cafés demasiado caros,
pantallas anunciando retrasos inevitables.
Y luego está la espera.
Esa forma moderna de melancolía.
Yo he esperado mucho en estaciones:
personas,
mensajes,
futuros que nunca terminaban de llegar.
Recuerdo especialmente
una mañana de invierno
en la que el tren salió lentamente
mientras tú seguías mirándome desde el andén.
Ninguno dijo nada importante.
Las verdaderas despedidas
casi nunca tienen grandes frases.
Solo cuerpos intentando memorizarse
por última vez.