Julio Santiago y Aurora Pintado
Coleccción Berbiquí de poesía, nº44.
I.S.B.N: 979-13-87751-16-6 . 96 páginas 19€. Prólogo:
Mocho Otero
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Atadillos es mucho más que un libro; es un diálogo
íntimo y atemporal entre la palabra desnuda y la imagen sugerente.
En esta obra, los versos del poeta Julio Santiago encuentran un nuevo
hogar en el universo visual de la ilustradora Aurora Pintado, creando
una sinergia donde la poesía y la ilustración se entrelazan
de forma indisoluble.
Como su nombre sugiere, este volumen recoge "atadillos" de
emociones, instantes y reflexiones que, al reunirse, forman un haz de
luz sobre lo cotidiano. Julio Santiago guía al lector a través
de un paisaje lírico que la mirada de Aurora Pintado interpreta,
expande y viste de color y forma.
Este libro es un artefacto de complicidad: un hilo que une la profundidad
de la poesía con la audacia de la ilustración. No es una
lectura, es un hallazgo; un conjunto de nudos emocionales que, al soltarse,
terminan por desatar algo dentro de quien lo abre.
Prólogo. Por Moncho Otero
Primero alguien emitió un sonido, no supo por qué, pero
otro entendió algo.
Después ese sonido significó algo y se dibujó cómo.
Se garabateó eso.
Más tarde se llamó a las cosas juntando esos sonidos y
esos trazos y se hicieron palabras para ligarlas y símbolos para
creerlos.
Un paso más, se contó lo que pasaba y se pensaba por fuera
y por dentro.
Y de un sonido apenas se llegó a una frase y en ella estaba el
mundo entero que era un dibujo, apenas un gesto.
Al final se dijeron todas las cosas y cada frase fue verso y cada imagen
fue un nacimiento.
De la nada fue todo, por no parar, por avanzar, nació el sentido
completo.
Y se contó lo nunca dicho que antes, parecía muerto.
Solo por un sonido, por un trazo bien hecho, una textura extendida,
por un color bien puesto.
Porque además era necesidad saberlo, que solo el movimiento crea
el espacio y el tiempo.
Otros ojos miraban y nacían por dentro y crecía en su
mente lo que nació ajeno.
Esta mezcla de símbolos, fonemas y bocetos al final se marcó
con carbón y pigmentos.
Y se estarció una mano en una cueva adentro, a la luz de las
hierbas con la droga del fuego.
Ninguno imaginaba quién descubriría aquello, quedó
en el fondo, a oscuras, esperando el momento.
Desde la mente abstracta por el río binario desemboca este barco
como un tangible objeto, para unir lo que fue un ruido, un rayón,
un puro sentimiento y entrar como estilete en los ojos de espejo.
Mojar el dedo en saliva, pasar las hojas, oler los lienzos, ir al encuentro
de esta fila de letras depiladas que dicen lo que dicen desde ondas
y ecos.
Que la mancha y el trazo bendigan estos actos que nos hacen humanos.
Solo por un sonido.
Por un gesto.