
Recientemente ha publicado su nuevo
libro EL
DOLOR DE LOS OTROS, donde analiza cómo nos han llegado
las noticias a lo largo de la historia y cómo se ha ido forjando
ese sentimiento escurridizo la empatía que unos defienden
y otros denostan con muy diversos argumentos. A menudo se dice que en
nuestra sociedad hay poca empatía, pero usted ha puesto el foco
en el fenómeno contrario, el exceso de empatía.
Ambas afirmaciones son correctas. Es cierto que, en líneas
generales, hay poca empatía en nuestra sociedad. Pero también
es verdad que hay una parte creciente de la población que no
solo se siente empática, sino demasiado empática, que
está hipersensibilizada ante el dolor ajeno.
¿El exceso de noticias tiene algo que ver en ese sentimiento?
Sí, mucho. La televisión, las redes sociales, los
periódicos o internet permiten acceder constantemente a todo
tipo de información. Y en esta información, naturalmente,
ocupa un lugar destacado lo relativo a calamidades de todo tipo: guerras,
hambre, injusticias, devastación
Nunca antes el ser humano
ha tenido acceso, en vivo y en directo, a tanta información y
a tanto dolor. Eso ha provocado cierta insensibilización en muchas
personas, pero también que gente de naturaleza más empática
se vea sobrepasada y angustiada.
¿Cuánta responsabilidad tienen en esto los medios
de comunicación?
Históricamente, tienen bastante, claro, pero los medios
tradicionales ya no son los principales actores en esta historia. Las
redes sociales de todo tipo están ocupando su espacio, sobre
todo entre los más jóvenes. Puede que en los medios no
haya habido demasiado filtro hasta ahora, pero es que en las redes no
hay ninguno. Todo está supeditado a conseguir más visitas
y más publicidad.
Hay quien dice que es imposible sentir empatía de verdad.
Eso tiene que ver más con el concepto teórico de
la empatía. Casi nadie puede sentirse realmente en el lugar del
otro, sufrir exactamente lo mismo, pero eso no quiere decir que no se
conmueva y que no le afecte profundamente. A quien sufre de exceso de
empatía le da igual cómo le llaman a eso los expertos,
solo sabe que se entristece o se deprime cuando se entera de ciertas
cosas. Y que un hecho terrible tras otro hecho terrible le dejan en
un estado de ánimo muy bajo.
¿Y por eso hay tanta gente que evita las noticias?
Siempre se ha pensado que no querer saber lo que pasa en el mundo
era de egoístas, pero creo que hay gente que simplemente lo hace
para poder vivir, como un mecanismo de defensa.
¿Y su opinión sobre esto es
?
Que, como en todo, la solución está en el término
medio. Hay que buscar el equilibrio entre nuestro deber como seres humanos
y la necesidad de protegernos y de vivir. Pero no se puede vivir al
margen de lo que pasa. Una sociedad desinformada no desarrolla espíritu
crítico y es más manipulable. Además, hay veces
que saber de algo, deriva a una acción.
Póngame un ejemplo.
La lucha por los derechos de la mujer tiene mucho que ver con
el incendio ocurrido en una fábrica textil de Nueva York en el
que murieron 146 personas, la mayoría mujeres y niñas.
Fue el 11 de marzo de 1911. Las imágenes de esos cadáveres
removieron conciencias y provocaron cambios legislativos.
También hay quien piensa que, cuando lloramos por otro,
en realidad lo hacemos por nosotros mismos.
Es uno más de los temas que recojo en mi libro, sí.
El debate es eterno porque no tiene una única respuesta. Y porque,
a veces, en una misma persona se pueden dar reacciones opuestas dependiendo
de las circunstancias. Nadie es de una pieza.
A Susan Sontag este tema le preocupaba mucho.
Ella publicó Sobre la fotografía en 1977 y después
el libro Ante el dolor de los demás, en 2003. Insistió
mucho en el uso, nunca inocente, que podía hacerse de una imagen.
También sobre si la visión de determinadas fotografías
podía producir una especie de anestesia (al principio creyó
que sí; con el tiempo no lo tuvo tan claro). Y cuando surgió
la discusión sobre si había que mostrar o no los cadáveres
de los atentados del 11-S en Nueva York, ella defendió que había
que haberlo hecho. Mantuvo también que ver las fotos que llegaban
de Bosnia servía para oponernos activamente a la guerra que allí
se libraba.
En su libro incluye testimonios que ilustran cada uno de los
puntos que trata, como los de Stefan Zweig o Patricia Highsmith.
En 1985, la erupción del volcán Nevado del Ruiz,
en Colombia, dejó más de 40.000 muertos y la lenta agonía,
en directo, de una niña llamada Omayra Sánchez, que quedó
atrapada del cuello para abajo entre los escombros y el lodo. La tragedia
de Omayra, que finalmente murió, mantuvo en vilo a toda España
durante 60 horas. Con motivo del 50ª aniversario del programa Informe
Semanal, la reina Letizia contó cómo le impactó
esa información cuando era una niña de 13 años.