
Uno de los temas en los que más
se ahonda en su nuevo poemario, Espejo
de emergencia, tiene que ver con el problema del conocimiento.
En Platón y yo afirmas que «cuanto más me
aproximo, mayores las sombras». En No estoy seguro también
escribes, de alguna forma, alrededor de la imposibilidad de las certezas.
Esos poemas hablan como un tambalear de las creencias. ¿Cómo
se equilibran conocimiento y duda? ¿Cuánta dosis de incertidumbre
necesita un descubrimiento?
Recuerdo que, hace tiempo, decidí apropiarme
de una frase que decía: «Quien lo ve todo claro es que
no piensa con lucidez». A día de hoy, la razón no
nos proporciona conocimientos suficientes para tener respuestas a esas
grandes preguntas que la humanidad se ha planteado a lo largo de los
siglos. Tampoco podemos permanecer parados esperando a tener las ideas
claras para ponernos en marcha. Solo nos queda eso de «encender
mi vela en vez de maldecir la oscuridad», es decir, en algunos
ámbitos, como el religioso o el político, hay que adaptar
nuestro comportamiento a unas creencias, principios, o sistema de valores,
aún sabiendo que existe la posibilidad de estar equivocados.
Y la poesía siempre se ha hecho eco de esta angustia vital que
supone tener la suficiente inteligencia para hacerse preguntas pero
no para encontrarles respuestas. Ante esta situación, mi poesía
refleja las limitaciones de la razón, y mi posición ante
la vida: ser creyente. Así se puede apreciar, por ejemplo, en
los poemas Mirando arriba, o Tortuoso camino.
Varios de tus poemas son humorísticos. A menudo, la
risa queda rezagada en la poesía. ¿Por qué crees
que eso sucede? ¿Es importante mantener el humor en este género
literario?
Tanto en este como en anteriores poemarios, el humor el
buen humor está presente en algunos de mis poemas, es cierto.
También es cierto que en el universo poético es más
frecuente encontrar poemas que se centren en transmitir emociones y
sentimientos negativos (tristeza, desamor, soledad,
) que positivos
(alegría, esperanza,
), pero no hay que olvidar que el
humor ha estado siempre presente en la poesía española,
Podemos remontarnos a la Edad Media con las Cantigas de escarnio, al
Arcipreste de Hita, al Siglo de Oro con las brillantes aportaciones
de poetas como Quevedo, Lope de Vega, Góngora, Baltasar de Alcázar
(recordemos su Cena jocosa, por ejemplo), así, pasando por Iriarte,
Samaniego, Campoamor, etc., hasta algunos poetas actuales. Este humor,
con todas sus variantes, no suele provocar sonoras y desternillantes
carcajadas. Hay que mirar con lupa la cara del lector para descubrir,
si acaso, una pequeña tensión en los músculos orbiculares
(orbicularis oculi, para los amantes del latín) y en los cigomáticos
mayores, eso que el vulgo llama una leve sonrisa.
Pero, es que, además, el humor, la risa, es algo positivo para
nuestro organismo: en nuestro cerebro se libera una sustancia llamada
dopamina, que es un neurotransmisor relacionado con la sensación
de felicidad y bienestar. El humor también es beneficioso para
el corazón y para nuestro sistema inmunológico. Incluso
reduce la producción de hormonas causantes del estrés.
Todo son ventajas, de tal manera que, según nos dicen los expertos,
es recomendable reírse al menos quince minutos diarios. No encuentro
ninguna razón por la que el humor deba estar excluido de la poesía.
Ni de la poesía ni de cualquier otro arte.
Desnudarme, escocerme, estar quejoso,
pálido, denso, antisocial, pasivo,
irritado, fatal, soez, cautivo,
hostil, feroz, rendido y sudoroso.
Sentir hasta el aliento pegajoso,
soñar con un glaciar mientras escribo,
mostrame somnoliento, insulso, esquivo,
añorando el invierno riguroso.
Y maldecir a moscas y mosquitos,
y renegar del sol que más calienta,
y encomendarme, suplicando a gritos
que Dios bendito traiga una tormenta
o, al menos, una brisa fresca y suave.
Esto es calor, quien lo sufrió lo sabe.
En varios de los poemas aparece humuvia, palabra con
la que Antonio Carvajal se refiere al olor de la tierra mojada tras
la lluvia, el conocido preticor. ¿Por qué es importante
para ti?
El poeta granadino Antonio Carvajal, Premio Nacional de Poesía
en 2012, consideró con cierta razón que la
palabra petricor le sonaba a «nombre comercial de empresa petrolera
o de cadena de almacenes», y creó, como alternativa, el
término humuvia. La etimología de esta palabra la explicó
así: «Hum es onomatopeya de la grata aspiración
por la nariz; uvia, de la espiración suave entre
los labios». De ahí surgió una invitación
colectiva a utilizar esa palabra en nuestros poemas. Una vez recopilados,
se publicaron en una antología con el mismo nombre: Humuvia.
La importancia de esta palabra es algo relativo y subjetivo. Hay que
verla desde un enfoque filológico, y recordando unos versos de
Juan Ramón Jiménez: «¡Intelijencia, dame /
el nombre exacto de las cosas! /
Que mi palabra sea / la cosa
misma, /
/». En este sentido, muchos poetas consideramos
que humuvia refleja mejor que petricor lo que quiere expresar.
Otro de los temas que se desprenden del poemario es el sufrimiento
humano (Pateras, Propósito para después de cenar
).
Se percibe una sensación de impotencia ante diversas injusticias,
y la frialdad con la que, en algunas ocasiones, tratamos de explicar
el dolor humano a través de simplificaciones teóricas.
Dices, en esta línea, que es necesario algo más que la
belleza para cambiar el mundo. En este contexto, ¿qué
papel tienen la poesía o la literatura si es que lo tienen
para denunciar estas injusticias?
Aunque este poemario no es una recopilación de poesía
social, sí es verdad que hay una premisa implícita en
mi obra, y en las de otras muchas personas que dejan por escrito sus
pensamientos o sentimientos: NO ESTAMOS SOLOS. A través de la
empatía somos capaces de en mayor o menor medida
ponernos en el lugar del otro y hacernos una idea del sufrimiento humano.
Y así aparecen esos poemas que reflejan algunas injusticias y
dramas que nos rodean y que afectan a miles, millones de personas a
lo largo y ancho del planeta. Pero, desgraciadamente, la influencia
que puedan tener estos poemas, estos escritos, en general, para lograr
un mundo mejor, es
mínima. Ojalá fuese todo más
sencillo, y la voz de los poetas pudiera despertar conciencias y poner
en marcha soluciones. La realidad nos trae imágenes diarias que
muestran que hace falta algo más que palabras bellas para construir
un mundo más equitativo. Todos venimos al mundo con la potencial
capacidad para sentir odio, amor, egoísmo, desprecio, rechazo,
solidaridad, etc. Lo llevamos en una de las capas más profundas
de nuestro cerebro. Y en la lucha interna entre virtudes y vilezas,
no siempre ganan los buenos. Es la condición humana. Contra eso,
el papel de la poesía o la literatura es muy limitado.
El poemario contiene también numerosas referencias al
olvido y a su necesidad para poder seguir viviendo. En su segunda consideración
intempestiva, Nietzsche afirma que «es determinantemente imposible
vivir sin olvido». Parafraseando otro de tus poemas: los que odian,
por ejemplo, no olvidan nunca. El problema es dificilísimo porque,
como se extrae del libro, no podemos olvidar tanto como deseamos, y
la memoria también es inseparable de la vida. ¿Cómo
ejercer ese derecho al olvido del que hablas? ¿Qué dificultades
tenemos a la hora de olvidar? ¿Qué deberíamos olvidar?
¿Qué no?
Nuestro cerebro no tiene una capacidad de almacenamiento infinita.
Teniendo esto presente, el olvido cumple una función necesaria
y beneficiosa. Recordar absolutamente todos los momentos de nuestra
vida produciría una saturación de nuestro sistema cognitivo
y no dejaría «lugar» en nuestra mente para poder
realizar otras funciones muy importantes para nuestra supervivencia.
Pero no es a este tipo de olvido al que me refiero en el poema Limpieza
general. Cuando hablo del derecho al olvido, lo hago en términos
poéticos, utilizando la analogía entre la limpieza general
en un hogar, y la limpieza general pasando la aspiradora entre los pliegues
del cerebro. Yo no puedo ejercer el derecho al olvido, no controlo,
no controlamos voluntariamente al cien por ciento nuestra memoria. Más
bien, lo que expongo es el deseo de poder borrar de nuestra mente todos
aquellos errores del pasado, todos los lóbregos recuerdos que
pueden seguir atormentándonos innecesariamente mucho tiempo después,
todo aquello doloroso cuya evocación nos provoca malestar. Este
poema, aunque habla del olvido, en realidad es un viaje a nuestro pasado,
un reconocimiento de que, todas las personas hemos cometido errores,
todos hemos tomado decisiones equivocadas, todos hemos hecho daño
involuntario a otros seres, etc. Es una confesión. Una confesión
que hace el yo poético y que, probablemente, algunos lectores
compartan, porque, al fin y al cabo, la imperfección es una característica
del ser humano.