
Te has alzado con el I Premio AlumniUniversidad
de Salamanca de Poesía Carmen Martín Gaite. ¿Qué
sentiste al saberte ganador y qué significa esto en tu vida?
Lo primero que sentí, sin duda alguna, fue una profunda
sorpresa. Es cierto que he sido constante y he trabajado el poemario
durante un periodo largo de tiempo, pero nunca pensé que me alzaría
con un premio. Saberme ganador, además, de un galardón
que lleva el nombre de Carmen Martín Gaite, en su centenario,
en nuestra ciudad, Salamanca, me hace sentir un profundo orgullo. Además
de una gran narradora, la admiro mucho como poeta. Es una gran poeta.
Que un premio de poesía lleve su nombre es, probablemente, uno
de los mayores homenajes que se le han podido hacer. Que yo haya ganado
esta primera edición, a mis veintitrés años, con
un poemario dedicado a mi pareja, íntimo, que reivindica lo cotidiano
(algo que, por otro lado, está tan presente en Martín
Gaite), me hace sentir eternamente afortunado. También, considero
que es un reconocimiento a mi trabajo, lo que agradezco profundamente.
El título, Examen
de nacionalidad, reformula el concepto de pertenencia, proponiendo
que la verdadera prueba se centra en la "vida compartida, la resistencia
cotidiana o la ternura". ¿De qué manera has vivido
este proceso de resignificación de la identidad, pasando de la
burocracia del estado a la "burocracia del alma"?
Lo he vivido de una manera muy intensa; entendiendo que una
relación, al final, es eso: diluir la propia identidad. En el
libro hay todo un campo semántico relacionado con el sentido
de pertenencia, de extranjería, del sentido del yo. Creo que
son conceptos relacionados enteramente con el proceso amoroso: cuando
uno está en una relación se olvida de quien es uno, se
deja de pensar en individual para diseñar una vida en común.
Los intereses, en muchos casos, pasan a ser compartidos. Aprendes una
nueva lengua, incorporas costumbres del otro, palabras, expresiones.
En el poema También amo los puentes, recupero una
imagen (trabajada por tantos autores), que refleja muy bien esto que
digo: el puente como espacio compartido, de ida y vuelta; la zanja abierta,
la herida
Una relación amorosa, para que sea sana, tiene
que estar libre de pretensiones, tiene que ser un espacio común,
compartido, limpio, depurado. Creo que la vida también debería
ir de eso. Por eso, creo, Ester Bueno Palacios se refiere en el prólogo
a pasar de una burocracia del estado a una burocracia
del alma. Deberíamos dejar de mirar a los demás,
en términos burocráticos, como un número o un documento
de identidad y empezar a mirar como lo que realmente somos: un compendio
de pasiones arremolinadas que buscan comprensión y cuidado. Algo
que, particularmente, no se está teniendo por los migrantes en
la sociedad actual. Yo estoy orgulloso de que mi pareja sea extranjera
y admiro profundamente su proceso de exilio. He aprendido mucho y aprendo
mucho con ella y creo que es algo que se muestra en el libro. El amor
como aprendizaje, como reescritura y como redescubrimiento y, en última
instancia, la lengua como ese espacio compartido que lo hace posible.
Una lengua abierta, dispuesta a recibir nuevas acepciones, nuevas miradas.
Una lengua dinámica, en continuo aprendizaje.
El poema Me rompes el lenguaje
es un núcleo temático. La confrontación del español
peninsular con la cadencia y el léxico venezolano (naguará)
no se asume como conflicto, sino como "ganancia de sentido".
¿Podrías profundizar en cómo esta extranjería
lingüística se convierte en una fuerza creativa que da forma
a ese "idioma nuevo, íntimo, propio de la pareja"?
Al pensar en la extranjería lingüística, en
cómo la he trabajado, su proceso y qué supone esa fuerza
creativa, recuerdo a Andrés Neuman en Salamanca cuando vino a
presentar Pequeño Hablante, ese maravilloso libro dedicado a
su hijo, en el que hablaba, en ese caso, de la fascinación de
ver en primera persona cómo un nuevo hablante va adquiriendo
y maravillándose con una lengua.
En mi caso, he vivido las dos personalidades y he trabajado desde ellas;
por un lado, desde la ignorancia del no hablante, toparme con el español
venezolano y sus implicaciones ha sido una experiencia sumamente enriquecedora
y que, por supuesto, ha hecho crecer mi diccionario personal de una
manera exponencial. Que mi pareja sea migrante, venezolana y, sobre
todo, una persona a la que le gusta tanto conversar, ha sido toda una
suerte para un enamorado del español como yo. Cada día
aprendo de ella palabras y expresiones nuevas que me fascinan y no dejo
de sentirme un niño a su lado.
En este sentido, reflexionar acerca de esta sensación de aprendizaje
continuo, me hizo darme cuenta del verdadero dinamismo de una lengua
como el español y, sobre todo, de que la lengua, en el fondo,
no deja de ser algo íntimo, algo compartido. La creamos los hablantes,
los que decidimos darle sentido. El español es una prueba palpable
de que cualquier lengua es poetizable, no solo desde el punto de vista
del léxico, sino desde sus implicaciones, su sentido de pertenencia
y su identidad. A mi diccionario personal no dejan de entrar palabras
y expresiones que, por culpa de mi chica y de mis amigos latinos, han
ido alterando mi coraza castellana y, desde luego, eso lo
veo como una suma. Al fin y al cabo, la lengua es algo vivo y, como
todo lo vivo, necesita estar en continuo movimiento y actuar en libertad.
Con el español venezolano y esa ruptura con mi propia identidad
lingüística he conseguido, en realidad, sentirme más
libre y más completo y, en buena medida, creo que el objetivo
de una lengua tiene que ser ese: que cada uno de sus hablantes consiga
comunicarse de una manera abierta, pueril y libre.
Tu voz poética se describe como
una mezcla de "humor y ternura" con "ironía, pero
no sarcasmo destructivo". ¿Fue un desafío encontrar
este equilibrio tonal para hablar de temas tan serios como la precariedad
y la incertidumbre, sin caer en el sentimentalismo excesivo?
Desde luego. Desde el principio traté de que el libro no
acabara convirtiéndose en un poemario de amor cursi y narcisista.
Intenté, por todos los medios, hablar del amor de dos, de la
vida en pareja, reflejando y reflexionando sobre algunos temas que me
interesaban, como la migración, el proceso de resignificación
y reelaboración de una lengua cuando tu pareja es extranjera
y, en particular, cuando tu pareja habla ese otro español.
Al hablar de la migración, por ejemplo, quería hacerlo
sin caer en lo frívolo, en lo victimista, sin que mi discurso
como observador pudiera ser hipócrita. He pretendido que se observara
el homenaje que, en definitiva, le hago a mi pareja y, por extensión,
a todos los migrantes, venezolanos y de otras partes del mundo: siempre
me ha parecido y me parecerá, por mucho que traten de banalizar
este tipo de proceso de desarraigo, el exilio como un ejercicio profundo
de valentía, de inconformismo y de reivindicación. Es
un tema que, al trabajarlo desde lo íntimo, me permite hablar
de la incertidumbre y de la precariedad, ya desde mi propia voz, ya
desde el plural compartido, con el que, insisto, he tratado de reivindicar
una labor, como la del éxodo, de admiración profunda,
que tanto nos enseña sobre los verdaderos valores, los primigenios,
los que deberían sustentar nuestra identidad.
Por otro lado, hay también un claro ejercicio de autoironía,
con la que al final intento convertir el ejercicio poético en
un campo de juego. El humor es, sin duda, un mecanismo poderosísimo
para restarle seriedad a la vida sin alejarse de las cuestiones importantes
y pienso que esto es muy necesario en una realidad como la que estamos
viviendo, en la que ya hemos comprobado que puede pasar cualquier cosa.
En este sentido, la autoironía destruye una identidad, como la
propia, que me gusta que sea cambiante. Me río de mí mismo
porque me siento vivo, porque me respeto lo suficiente para hacerlo
y porque me he dado cuenta de que no hay nada fijo en esta vida y, en
este sentido, mucho menos fija es la identidad.
El humor, en cualquiera de sus vértices, es una herramienta
que nos ayuda, sin duda alguna, a no dejarnos llevar por la violencia,
sin descentrarnos tampoco de unos valores y unas ideas que, por otro
lado, creo que son tan necesarias tener presentes. Valores como el respeto
o la empatía, creo que, en el mundo actual, se están perdiendo.
Yo solamente he tratado de advertir, desde lo íntimo y lo cotidiano,
desde lo particular, que el único valor que puede tener estar
vivos, en mi opinión, es poder compartir esta vida y, por supuesto,
compartirla desde el amor, desde la cooperación y desde el respeto.
Al ganar un premio con el nombre de
Carmen Martín Gaite, cuya obra se centró en la "conversación"
y la "hospitalidad", ¿cómo percibes que su poemario
prolonga ese gesto gaiteano de "escuchar al otro" y hacer
de la literatura un diálogo constante?
Me gusta pensar que ha sido un homenaje indirecto e involuntario
a Carmen Martín Gaite. Me gusta verlo como una suerte de justicia
poética, de lo que logra la magia de la poesía; poner
en consonancia dos voces salmantinas alejadas en edad (pero no en ideales)
que se encuentran a través de la palabra. No sé si habrá
sido Salamanca, si mis valores familiares, si mi experiencia personal,
si un cúmulo de todo. El caso es que me alegra compartir y prolongar
este gesto gaiteano; saber que no soy el único que piensa
que es importante hablar de conversación, de hospitalidad,
de escuchar al otro, y hacerlo desde la poesía, desde la palabra.
Saber que no estoy solo. Que la presencia es tan importante como el
discurso. Lo dicho como lo no dicho. Lo íntimo como lo social
y compartido.
El poemario establece un diálogo
natural entre clásicos (Cervantes, Salinas o Ángel González)
y lo popular (Julieta Venegas o Guitarricadelafuente). ¿Qué
función cumple la integración de referencias cultas y
populares en la poesía del amor contemporáneo?
En mi caso, por un lado, cumple la idea de mestizaje que está
presente en toda la obra. La música como experiencia amorosa,
como algo íntimo de la pareja, algo que nos une y nos hace, en
muchos casos, reescribir y reorganizar nuestra realidad. Cuando uno
escucha una canción, lo hace alterando su percepción del
mundo y experimentando una suerte de éxtasis que te subvierte,
que te transforma. Cuando lo haces en pareja, no estás solo:
la transformación se vuelve doble. El éxtasis lo vives
agarrado de la mano. Con la poesía amorosa, pasa un poco lo mismo,
pero aquí, es cierto, que lo que referencio es un elenco de nombres
que han significado algo para mí, que me han influido, que han
azotado mis emociones. Algo que también he compartido con mi
pareja, pero que responde a algo más personal.
Por otro lado, creo que estamos en una época en la que la poesía
de amor contemporáneo se sirve de todos los discursos que se
atrevan a creer en él: en un tiempo en el que vamos cada vez
más rápido y somos cada vez más individualistas,
una apuesta por el amor, en cualquiera de sus formas, es importante.
Lo popular y lo clásico, siempre, ha tenido un límite
borroso, desde mi punto de vista, y creo que es algo que se refleja,
tanto en mi obra, como en otras muchos de mis coetáneos, ya de
un tiempo para acá y, con un tema tan universal como el del amor,
creo que resulta mucho más evidente.
En una época donde el verso
libre predomina, ¿qué papel juega el ritmo, la cadencia
o la métrica en su trabajo?
Personalmente, considero que la cadencia y la métrica son
importantes en la poesía. Creo que al poema le suma mucho la
musicalidad, el ritmo, etc. Creo que lo completa. Esto, por supuesto,
es algo completamente subjetivo.
Para entender esto que digo y lograr entender por qué esto se
aprecia en mi poesía, pienso, por ejemplo, en Roger Wolfe, que
practica un verso libre antirretórico y narrativo, pero que no
pierde tampoco en ritmo y lirismo. Para mí es un poeta que trabaja
esto de una manera estupenda y que, en este sentido, me ha ayudado a
aunar todos estos mecanismos.
La poesía, como oficiante, me gusta que sea divertida. No quiero
solo que me ayude, como ejercicio subversivo, a vomitar lo que siento,
o lo que no podría decir de otra manera. Más allá
del ritmo, aunque también por él, autores como Luis Alberto
de Cuenca, como Héctor Ñaupari, como Nicanor Parra, Mario
Benedetti, o tantos otros que han podido influirme, me han enseñado
eso: que la poesía, a fin de cuentas, tiene que ser divertida.
La ironía, para ello, desde luego, ha jugado un papel primordial
y, otro, sin duda, es el del ritmo: he tratado de buscar la palabra
que encajaba, la melodía exacta. El endecasílabo, por
supuesto, me ha facilitado mucho las cosas.
¿Qué poemario clásico
y contemporáneo recomiendas leer?
Un poemario clásico que recomiendo es La voz a ti debida,
de Pedro Salinas, obra fundamental, en mi opinión, para entender
el amor y sus contrariedades. Me parece muy interesante como recupera
a la amada intangible de Bécquer para dotarle de
presencia a través de la memoria y de la palabra, además
de tantas otras cuestiones que podría comentar, como ese ritmo
característico de sus poemas, con el que consigue, eso que decía
antes de la poesía como un campo de juego. Creo que Salinas,
en general, consigue mostrar esto con su poesía. Con una poesía
amatoria que es profundamente honda, nostálgica y sentimental.
Por otro lado, un poemario contemporáneo que recomiendo es el
de Las alas de las polillas, de Amanda Sorokin, publicado por
Bajamar hace unos años. Lo leí hace poco, gracias a la
amistad que comparto con Amanda y, como le dije a ella personalmente,
es un libro que me fascina por la claridad que confiere a lo metafísico,
a lo que nos emociona, al humor, a través de lo cotidiano, de
lo íntimo, además de trabajar ese concepto tan interesante
de la antropofagia desde un punto de vista perversamente
erótico y vengativo. Solo puedo sentir admiración y profunda
alegría por compartir (si es que aún se llevan estas cosas)
generación poética con ella. Sin duda, es un ejemplo del
tipo de poesía joven que se está publicando hoy y, sobre
todo, que está conmocionando.
¿Con qué personaje histórico
te irías de cañas?
Si tuviera que elegir a alguien estaría entre Pedro Salinas
o Miguel de Cervantes. Por un lado, me encantaría recitarle alguno
de mis poemas de Examen de nacionalidad a D. Pedro y brindar
con él mientras me da su réplica, saber qué piensa
del libro y este tipo de cosas con las que sueña uno en referencia
a sus ídolos, además claro, de preguntarle y hablar sobre
tantas cosas que me gustaría compartir con él; hablar
sobre su exilio en México, sobre la España de la época,
sobre tantísimas cosas
Por otro lado, creo que todos los filólogos y todos los escritores
fantaseamos con volver al pasado, o traer del pasado a Cervantes, hablar
con él sobre la redacción de El Quijote, sobre
Argel, saber qué piensa de la película de Amenábar,
por supuesto y, sobre todo, darle las gracias por todo lo que ha supuesto
su locura, que hizo que la literatura española ascendiera
y relumbrara; por lo que supone El Quijote, en definitiva, para la literatura
mundial y para mostrarle todo lo que ha ocurrido desde entonces.
Pero, bueno, para ambos casos, me gusta pensar que me encuentro con
ellos a través de la literatura y que, referenciarlos, jugar
intertextualmente con ellos, es una manera también de sentir
que los conozco y que conversamos.
¿En qué proyectos literarios
estás sumergido actualmente?
Actualmente, estoy inmerso en un nuevo proyecto teatral con mi
grupo de teatro intergeneracional Entre Generaciones y Bambalinas, del
que me siento profundamente agradecido por darme la posibilidad de ser
uno de los codirectores, por haber podido llevar a escenas obras de
teatro breve propio que quedaron tan bonitas y, en definitiva, por seguir
creando y creciendo con ellos en el mundo del teatro, mi otra pasión
desenfrenada.
En lo poético, estoy trabajando, en una fase todavía
muy rudimentaria, en otro poemario en el que reflexiono sobre la identidad,
pero al que estoy tratando de darle otro cariz más universal,
desde lo personal también, pero con otro enfoque. Claro que no
puedo contar mucho más, porque ni yo mismo sé por qué
derroteros me llevará esta aventura.