
Durante 46 años ha estado trabajando
para la Administración española en cargos muy interesantes
y de gran responsabilidad, pero es justo en los que se dedicó
a los tratados pesqueros los que considera más apasionantes ¿a
qué se debe esta predilección?
Acababa de volver a Madrid desde la jefatura de la Oficina Comercial
de la Embajada de España en Rabat, Marruecos, al Ministerio de
Asuntos Exteriores con 34 años y me hicieron subdirector general
de Economía y Planificación Pesquera, responsable de las
negociaciones con todos los países al sur de Gibraltar. Era en
aquel momento un puesto muy relevante para esa edad. Mi trabajo consistía
en lograr acuerdos pesqueros con países de África con
quienes que habíamos dejado de tenerlos porque habían
extendido la jurisdicción de sus aguas a 70, 100 o 200 millas
constituyendo su Zona Económica Exclusiva (ZEE), en la que los
derechos de pesca quedaban reservados a sus nacionales o a países
con los que hubieran concertado acuerdos pesqueros..
Partíamos de cero, no teníamos ningún acuerdo con
Marruecos; el de Senegal, vencía el 17 de mayo de 1979; y el
de Mauritania lo haría en enero de 1980, habiendo perdido ese
país un tercio de las aguas al sur del Sahara en agosto de 1979
por haber firmado un acuerdo con la República Árabe Saharaui
Democrática (RASD, el Polisario). La situación era desastrosa,
y en África solo teníamos garantizada la pesca en Namibia
porque era un territorio aun por descolonizar que gestionaba sus aguas
a través de la organización CIPASO (ICSEAF en sus siglas
inglesas), porque Sudáfrica no se atrevía a expulsar a
las flotas pesqueras extranjeras ante su debilidad política en
las Naciones Unidas en las que se le reclamaba su expulsión de
Namibia y el apartheid que practicaba.
Además, la relación con los pescadores, armadores artesanales
en su mayoría, era directa y personal sin ventanilla alguna.
Ellos sabían que, si lográbamos nuestros acuerdos, ejercerían
sus actividades pesqueras; pero si estos acuerdos no ser firmaban, seriamos
a sus ojos los responsables de su amarre e inactividad.
Sabían el lugar donde yo trabajaba (en el 2º piso de la
calle Ruiz de Alarcón nº1; al lado del Ministerio de Marina)
y podían hablar conmigo en cualquier momento porque no había
más escalera que la principal. Esta inmediatez producía
stress, pero también humanizaba en extremo la relación
con los pescadores a los que llegue a conocer en persona.
España era la tercera nación del mundo por el valor de
las capturas y de pronto en un par de años perdió todos
sus caladeros al sur de Gibraltar. Era una situación de dramática
emergencia que generaba ansiedad, pero también mucha adrenalina
y responsabilidad. En dos años volé de ciudad en ciudad
no siempre en compañías aéreas fiables y de hotel
en hotel no siempre con estrellas. Fue un periodo trepidante en el que
España firmó cinco acuerdos pesqueros con Marruecos; uno,
con Cabo Verde; otro con Senegal; uno con Angola; otro con Mozambique;
uno con Guinea Ecuatorial y por último con Seychelles. Siete
acuerdos nuevos en dos años.
Cuando comenzó a gestionar los
tratados de pesca, el Derecho mundial dio un giro tremendo con la creación
de las Zonas Económicas Exclusivas de pesca (ZEE) desde las líneas
de base hasta las 200 millas. ¿Que suponía esto para España?
Fue una importantísima revolución en el Derecho
del Mar que empezó cuando el presidente norteamericano, Harry
Truman, declaró que la jurisdicción de las aguas norteamericanas
iba más allá de las 12 millas sin fijar el número
exacto. Los submarinos alemanes que se acercaron a la costa de EE. UU
durante la Segunda Guerra Mundial fueron los responsables de esta nueva
sensibilidad. Perú y Chile le siguieron anunciando su ZEE en
200 millas a partir de sus líneas de base en la costa para proteger
a la anchoveta (el alimento de las aves que producían el guano,
un componente básico de los fosfatos que servían de fertilizantes
en todo el mundo). Luego con la independencia a finales de los 50 siguieron
todos los países africanos y finalmente las Naciones Unidas celebraron
una Conferencia sobre el Derecho del Mar en Jamaica que
universalizó esa regla de las 200 millas creando nuevas ZEE como
norma universal. Para España país muy pescador por
su largo litoral, casi 8.000 millas, y por su historia económica
reciente (la autarquía de Franco después de la guerra
civil había promovido el consumo de pescado al haber escasez
de carne) , se vio muy afectada perdiendo muchas de sus zonas
de pesca tradicionales en todo el mundo, como eran EE. UU., Canadá,
Noruega, Islandia, Groenlandia, Marruecos, Mauritania o Senegal...
¿Qué fueron, cómo
se lograron y qué supusieron los llamados Acuerdos de Madrid?
El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los Acuerdos de Madrid
por Marruecos, Mauritania y España para regular el futuro del
territorio del Sahara occidental al abandonar España su administración.
En esos acuerdos había una parte secreta en virtud de la cual
Marruecos concedía a España 400 licencias en aguas del
territorio del Marruecos tradicional (con un canon a fijar) y 800 licencias
en el territorio del Sahara español, sin canon alguno durante
cinco años.
Nunca fueron aplicados porque las negociaciones con Marruecos no prosperaron
y al final encallaron con la negativa del parlamento marroquí
a aceptar un texto negociado por las administraciones marroquí
y española; pero también porque Mauritania exigió
un pago por pescar en sus aguas, incluidas las que le correspondían
del Sahara español (el tercio sur).
Fue necesario negociar un acuerdo ex novo en junio de 1979, que finalmente
se firmó con Marruecos el 29 de ese mes. Se le concedía
a España 1.160 licencias para ocho tipos de flota diferentes
que afectaban a 33 puertos. En enero de 1980 nos autorizaron otras 240
licencias.
Hablemos sobre los acuerdos de Guinea
Ecuatorial y de Cabo Verde.
La caída de Francisco Macías Nguema durante el verano
de 1979, permitió a España reiniciar sus relaciones con
Guinea Ecuatorial, pero desgraciadamente después de realizar
una campaña de prospección científica con un arrastrero
español se constató que no había especies demersales
de interés comercial. Sin embargo, las aguas de Guinea eran ricas
en atún que transitaba por ellas un par de meses al año.
Se intentó construir unos depósitos de combustible en
la ciudad de Luba, en Bioko, a 40 kilómetros de Malabo; puerto
que estaba ocupando la flota soviética del África occidental.
Hubo que desembarcar el material en el puerto de Malabo porque en Luba
no había grúas. Al tener que transportar las planchas
hasta Luba por carretera había que atravesar varios puentes que
no soportaban las 10/15 toneladas que pesaban esas planchas de acero
necesarias para construir los depósitos de combustible. Fue el
final del proyecto. Menos mal que nuestra flota atunera congeladora
continuó faenando libremente en esas aguas y repostando en los
puertos de Camerún y Gabón, plenamente disponibles.
El acuerdo con Cabo Verde fue negociado y firmado entre 1980 y 1981,
y permitió faenar a una flota de 20 palangreros con base en Tenerife.
Los grandes atuneros congeladores no quisieron utilizar este acuerdo.
Fue el primer acuerdo suscrito por España con ese país.
España facilitó a Cabo Verde una amplia cooperación
al desarrollo (se construyó una fábrica de hielo) y se
concedieron becas de formación profesional. Por último,
se realizaron varias prospecciones científicas en aguas de Cabo
Verde para ayudar a su flota artesanal.
Argelia y Túnez fueron dos huesos
difíciles de roer, ¿verdad?
No en absoluto, toda la flota española de pesca mediterránea
tenía licencias disponibles, desde el 1 de julio de 1979, para
faenar en aguas marroquíes. Lo que ocurría es que algunos
buques de Adra iban a Argelia buscando un gambón rojo de alto
valor económico y de vez en cuando eran apresados sin mayores
consecuencias porque se liberaban rápidamente.
Viajé a Argelia a explorar si ese país estaba dispuesto
a un acuerdo pesquero. La respuesta fue negativa, ni siquiera los franceses
habían ejercido una actividad pesquera importante. Por otra parte,
exigieron contrapartidas, para construir su propia flota, absolutamente
desorbitadas y nos tuvimos que negar porque nuestros medios de cooperación
tenían que concentrarse en los países que nos concedían
derechos de pesca.
Con Túnez fue la insistencia de nuestro embajador Cebrián
el que me llevó a viajar a dicho país, porque no había
ninguna demanda por parte de nuestro sector pesquero patrio. Me pidieron
una flota de buques, que desarrolláramos su industria conservera
gratis et amore, la de artes de pesca y su acuicultura hasta entonces
inexistente y todo ello sin concedernos ninguna licencia de pesca.
Por ello desistimos de negociar un acuerdo pesquero con Túnez.
Y Seychelles supuso un gran descubrimiento
¿cómo logro que fuese posible ese acuerdo?
En 1980 se desplace a Perth, Australia occidental, a una reunión
del Comité de pesquerías del Océano Índico
de la FAO. España no tenía en ese momento ningún
acuerdo con ningún país ribereño de ese océano
y solo había privadamente buques pesqueros en Mozambique.
Como tenía tiempo disponible leí varias publicaciones
sobre las especies que abundaban en esa zona y me llamó la atención
la gran cantidad de estudios que había sobre el atún que
esos momentos pescaban solo los chinos y coreanos con palangres de varios
kilómetros de cebado automático y los pescadores artesanales
de las Maldivas y de la India. Entablé amistad con un biólogo
francés al que invité a almorzar. Me informó de
las posibilidades pesqueras del Índico por su riqueza en atún
y me habló de las islas Seychelles como base para una pesca de
atún en ese mar.
A mi vuelta a Madrid convoqué al sector de grandes congeladores
de atún, vascos y gallegos. Los primeros y su asociación
ANABAC despreciaron mi información y la propuesta de ir a Victoria,
capital de las Seychelles, a explorar la posibilidad de concertar un
acuerdo pesquero con ese país.
Les pedí dos patrones de buques cañeros porque Maxime
Ferrari, ministro de Asuntos Exteriores de Seychelles, nos había
hablado de que Francia había enviado dos buques cañeros
como cooperación al desarrollo a esas islas. Los vascos se negaron
a proporcionarme esos patronos y tuve que ir a Cantabria donde había
una importante flota artesanal cañera de bonito. Aceptaron mi
petición. Y el acuerdo se firmó el 31 de julio de 1980.
¿Cómo fue trabajar con
Miguel Aldasoro?
Miguel, diplomático vasco con raíces noruegas ha
sido el mejor negociador con el que he coincidido. Era inteligente,
sabía lo que quería y era muy determinado y tenaz. Siempre
amable y ofreciendo las ventajas y la parte positiva para el contrario
de cualquier oferta. Nunca cedía y jamás se enfadaba.
Tenía una gran empatía. Siempre se ponía en el
lugar del adversario y procuraba darle satisfacción en lo que
era poco importante. Dejaba jugar a sus subordinados concediéndoles
un amplio margen de actuación. Fue un enorme placer trabajar
con él. Fue el padre y el negociador principal del Acuerdo con
Marruecos al crear una química favorable con el ministro de Comercio
y Pesca marroquí Abdelatif Guessous.