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Entrevista al poeta y pianista Ángel Álvaro Martín del Burgo (enero, 2018)
Yo no creo en las corrientes, en Arte no hay verdades absolutas: cada obra, si es verdadera, debe ser una belleza o un significado en sí misma.
Ángel Álvaro Martín del Burgo

—Recientemente ha llegado a las librerías de toda España su primer poemario “Y en el aire, los adioses” (editorial Cuadernos del Laberinto), del que ya se habla mucho por lo sorprendente de su temática y la originalidad en el tratamiento de los versos. ¿Cómo fue el proceso de creación y cuál es la piedra angular de este anaquel de poesía?
Y en el aire, los adioses nace en una temporada intensa de once o doce meses, si bien hay poemas de un tiempo muy anterior. Muchos son poemas de verano, aunque allí suenen el otoño y el invierno. Aún con todo, el libro de poemas busca enraizarse como un ciclo, con un sentido de viaje de principio a fin. Así, la propia gramática y estructura del libro dan cuenta de la cuestión del poemario: el recorrido poético, en su camino de emoción y significado, quiere hacer comparecer el hacerse del hombre y de su mundo. Pone en juego sus límites y fronteras, enfrenta los ciclos, las estaciones, las generaciones, el ser y la muerte sobre los ejes cardinales del tiempo y el mundo.

—¿Qué ha intentado reflejar con el título “Y en el aire, los adioses”?
El aire es el aliento del hombre, es la respiración; es vida. Pero en cada soplo hay un adiós, ligero y definitivo. Estamos siempre ya marchándonos, vivir se hace en retirada. Y es que el hombre es hombre sólo en su propio hacerse cargo de la muerte, en su propio saberse como un ser siempre ya en despedida. La muerte no es un instante último acabando una secuencia de momentos. Muy al contrario, la muerte es simplemente un situarnos en el tiempo, como una vivencia fundamental que carga de sentido retrospectivamente cada momento, y así nos abre el ser, la finitud y el mundo. Cantamos a la muerte para ser certeros con la vida, para "bienvenirla", para ahondarla. Debe haber mucha alegría en todo esto: saberse mortal, rumiar el propio ser, habitar el mundo y hacerse cargo de la vida y su claroscuro. El hombre cayó del Paraíso por tomar el fruto prohibido, que le daba conocimiento entre otras cosas de su condición mortal, y vino a parar a un lugar más encantador, la tierra, donde debe bracear la vida, la libertad, la palabra y el tiempo, que son temibles y trágicos, pero bellos. Y en el aire, los adioses: no se puede explicar, pero aquí hay mucha calma y quizá contento, casi esperanzado.

—Sorprende su biografía repleta de éxitos y logros con tal solo 20 años: poeta, pianista profesional, primer premio en la Olimpiada Filosófica de la Comunidad de Madrid… ¿Es su vida la cultura, el arte en general?

Para poder hacer algo valioso, todo poeta (o músico o pintor, etc.) debe encontrar su propio estilo, su voz propia, mirando o no a su época y a sus compañeros contemporáneos, pero absolutamente libre de ellos y de todo. Algunos artistas descubren pronto su idioma, otros nacen en él, como Bach, otros encuentran muchas etapas y estilos, como Picasso o Stravinsky. Yo no creo en las corrientes, en Arte no hay verdades absolutas: cada obra, si es verdadera, debe ser una belleza o un significado en sí misma. Lo que quiero decir es que no me planteo si en el sXXI o en el sXXXVII pueda o deba haber métrica o rima, igual que no me planteo si la música debe ser tonal. La estética, el estilo, deben adecuarse al contenido que cada uno busque, deben darle forma, ser su forma adecuada. Y eso es infinito, debería ser único seguramente ya no sólo en cada artista, sino casi en cada obra. Según el lenguaje o el significado que uno busque, recurrirá a una estética u otra. Yo por ejemplo he recurrido a la rima asonante y al ritmo de verso menor en poemas de alma popular, casi folclórica, porque al final el ritmo y la medida son en su origen técnicas de las tradiciones orales, son recursos para facilitar la memoria y, por tanto, la transmisión.

—¿Cuál es su gran ilusión?
Dos cosas me hacen feliz. Una, los lugares bellos, viajar. La otra, la gente buena. Me he cansado de los inteligentes, de los capaces, de los excelentes y de los talentosos. Ya sólo busco acompañarme de personas bondadosas, porque al final ellas tienen la lucidez, que es lo único valioso que puede salvarnos. Eso tiene que ver con la sensibilidad pero no con la erudición, he conocido gente mayor sabia y certera que apenas sabía leer.

—Sabemos, además, que es usted un gran aficionado al cine. Recomiéndenos una película actual que le haya impresionado. ¿Y un libro de poesía también contemporáneo?

Ya que hablábamos de poesía, Paterson, una película reciente de Jim Jarmusch, que se hace en las lindes de la poesía y la vida, en el valor de lo cotidiano, la sencillez y lo esencial que nos hace. Paterson es el personaje, es la ciudad (el lugar o el mundo que el hombre habita), es el poeta, son los días y es el poema. Entre medias de todo eso quedamos nosotros, como una bella canción.

Sobre poesía nueva, quiero mencionar tres libros muy recientes por el cariño que les tengo, por haber seguido su curso, haberlos visto nacer. Dónde la muerte en Ámsterdam, de mi madre, Ángela Martín del Burgo, cuya literatura me encaminó. Miradas de luna y Tambores, de Ana Pazpatti, poesía fuerte y propia. Cuatro tintas del aire, de Ernesto Uría: reinventar la poesía amorosa, explorar al hombre, ser en el otro.

—¿Cómo definiría la poesía?
La poesía es una canción de máscaras, certera porque recorre los paisajes interiores y porque en ella el hombre es reconocible más que en ninguna otra tierra, pero llena de misterio y de silencios que a veces atisbamos.



Puedes leer a Ángel Álvaro Martín del Burgo en:
Á. Álvaro Martín del Burgo

Y en el aire, los adioses
Á. Álvaro Martín del Burgo


Coleccción ANAQUEL DE POESÍA, nº 70
I.S.B.N: 978-84-946862-1-4 • 94 páginas • 10€

El lector encontrará una insistencia poética por igual en el sentimiento de nostalgia, en el deseo y la pena, en el absurdo y la condición humana de «haber de marcharse».... <<Más>>




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