La república de los Hermanos Lumière. Álvaro Fierro Clavero

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La república de los Hermanos Lumière
Autor: Álvaro Fierro Clavero

La república de los Hermanos Lumière. Álvaro Fierro Clavero

Coleccción ANAQUEL DE NARRATIVA, nº 28
358 páginas • I.S.B.N: 978-84-123537-7-8 • 16,50 €
Prólogo: José Joaquín Bermúdez Olivares

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"La república de los hermanos Lumière" transcurre en Pangea, un mundo en blanco y negro donde el cine domina todos los ámbitos de la vida. Los Estados han sido sustituidos por los estudios cinematográficos, que compiten entre sí por reclutar intérpretes para sus producciones entre la población civil.

La acción se desarrolla mientras Paramount invade RKO, cuando Zelsinck —el presidente de Pangea, trasunto del magnate David O’Selznick—, acaba de estrenar Lo que el viento se llevó y está produciendo Duelo al sol.

Cintia, una periodista que trabaja en la ciudad RKO, de Neourbe, está cubriendo una serie de atentados contra jueces que se oponen al actual estado de cosas. Durante su investigación Cintia se verá forzada a colaborar en el rodaje de una película que dirige John Huston. Aquí entra en contacto con Valentino, un misterioso agente que intermedia entre Zelsinck y una sociedad secreta dirigida por el actor Edward G. Robinson.

El autor mezcla suspense, acción, género negro, política y distopía para rendir un homenaje al cine americano clásico y la libertad.


Álvaro Fierro Clavero
La república de los Hermanos Lumière. Álvaro Fierro Clavero

(Madrid, 1965) Ingeniero industrial, comentarista sobre poesía, música y novela en distintos programas de radio y articulista cultural en medios digitales.

Ha publicado los siguientes libros de poesía: Con esa misma espalda (premio Rafael Morales, 1994), Tan callando (accésit Adonáis, 1999), Los versos inútiles (2009), el libro de piropos literarios Colonizado corazón (2011), El sentido de lo que no sucede (2013), Palabras a la música (2017), Los otros mundos (2020), Libro del rey Aniel o libro de los ugros (2020) y La luz completa (2021). También es autor del libro de cuentos El peso de los sueños (2005) y coautor del libro de poemas para niños Los Meagrada (2011).



La república de los Hermanos Lumière. Álvaro Fierro Clavero

Prólogo: SOBRE UN LIBRO LLAMADO LRHL
José Joaquín Bermúdez Olivares

Tal vez convendría (o tal vez no), hacer una especie de prologogía o pequeño tratadillo de prólogos: su clasificación y tipos, por extensión, propósito y técnica usada. Baste ahora decir que esta breve introducción es del tipo humilde —agradecidos al autor por solicitarnos estas palabras—, semihagiográfica —por la admiración que autor y obra nos despiertan—, y ligeramente impertinente —porque seguramente encontrarán que no todas sus afirmaciones vienen a cuento de la obra que nos ocupa.

La república de los Hermanos Lumière (en adelante LRHL), de Álvaro Fierro Clavero, es un libro sobre el cine considerado como obra de arte total (y totalitaria), una distopía (término en exceso sobado en tiempos recientes), y una novela de estructura inusual en nuestras letras. Quienes tenemos la suerte de conocer a Fierro desde hace años (casi tantos como lleva trabajando en esta su primera novela), conocemos su obra anterior y tenemos constancia de lo concienzudo, esmerado y original de su acercamiento a la escritura (y a la vida). Quienes no han tenido todavía esa suerte pueden acercarse a su web personal: www.alvarofierro.com donde hallarán información sobre su obra publicada y algunos inéditos que, esperemos, pronto dejarán de serlo.

Es habitual encontrar en una novela «novel» un carácter confesional o autobiográfico, algunas efusiones sentimentales y cierto descuido formal en pos de lo expresivo o «espontáneo»; no es el caso. El autor nos ofrece aquí un mundo ajeno a su experiencia vital —más allá de su carácter cinéfilo—, y ese mundo solo refleja a Fierro «en negativo» (nunca mejor dicho tratándose de cine): en cuanto a la atmósfera conjurada, las alusiones culturales y los conocimientos aportados. Conocimientos que abarcan desde la filosofía aristotélica hasta la química industrial y nuclear pasando por todo el cine clásico de Hollywood.

No es frecuente en España encontrar novelas con el cine como asunto primordial, aunque el interés por el séptimo arte haya sido temprano y constante en nuestros literatos. El antecedente que nos viene primero a la memoria es Cinelandia de Ramón Gómez de la Serna (1923), referido, como es obvio por la fecha de publicación, al cine mudo, y escrito cuando Ramón no había visitado nunca Hollywood. Además, Ramón dedicó varias greguerías al cine, de las que espigamos algunas (cito por la edición de Cátedra, 1993, al cuidado de Rodolfo Cardona):

• Los que van al cine se alimentan de fantasmas pasados por la luz.
• La pantalla cinematográfica está orlada de negro porque es una esquela de defunción de lo que va sucediendo en ella.
• Al inventarse el cine, las nubes paradas en las fotografías comenzaron a andar.
• En los cines, los calvos parecen ver mejor la película, como si se reflejase en su calva y en sus ojos (nuestra favorita, por motivos obvios).

Sin embargo, esa obra no tiene nada que ver en estructura ni ambición con esta: escrita a modo de acumulación de greguerías, como es habitual en Gómez de la Serna mientras que Fierro (después hemos de insistir en esto) nos ofrece largos diálogos, sí que se refieren ambas a una ciudad o continente que vive por, para y en el cine, hasta extremos surrealistas (o hiperrealistas). Por supuesto la llamada otra generación del 27 —Jardiel, Neville, Rubio, Mihura…— se interesará en el cine, como también Azorín (que frecuentó las salas hasta muy avanzada edad) o Julián Marías (recordamos de nuestra lejana juventud aquel Blanco y Negro donde nos hablaba de películas mientras Lázaro Carreter lo hacía de teatro y Alvar —si no nos falla la memoria— de libros). O tempora o mores! Ubi sunt los grandes maestros… Pues bien, no dudamos en colocar junto a esta nómina selecta el nombre de Álvaro Fierro, por ambición y esfuerzo.

Quisiera aludir en este punto a la peculiar atmósfera de LRHL, que sin perder contacto con su «asunto» —el cine negro—, nos traslada a un ambiente ligeramente extrañado o excéntrico respecto al mundo de 1945-1946 en los EE UU donde se sitúa el relato: un mundo, Pangea, dividido entre los estudios clásicos (RKO, Paramount, Metro, Warner, Universal, Fox y Columbia) del star-system. Un mundo que, a consecuencia de la guerra y de cambios legislativos drásticos, se ha transformado en un Big Brother cinematográfico donde no solo se proyecta cine continuamente sino que la asistencia a las salas es obligatoria, así como la participación en los rodajes; donde el presidente es un productor cinematográfico y donde se graba todo lo que sucede en el exterior (y a partir de cierto momento también en el interior de los hogares), donde policía, judicatura y periodismo están sometidos a los intereses y autoridad de los estudios y donde toda otra forma artística está vetada en tanto no concurra con esos intereses. Este «deslizamiento» respecto a la realidad de la Norteamérica de los 40 me gustaría compararlo con el que Nabokov establece en Ada o el ardor (1969) con respecto a un mundo —Antiterra, igual pero distinto a la Europa de su juventud— en el que, por ejemplo, la aviación comercial está prohibida y el teléfono funciona con mecanismo hidráulico, por lo que las interferencias son borborigmos en lugar de ruido electromagnético. Pero también refleja una atmósfera de opresión sobre el individuo y la consiguiente rebelión de las minorías, al estilo de El manantial de Ayn Rand (1943), novela fundadora del objetivismo y que daría lugar a una película del mismo nombre (1949) con Gary Cooper y dirección de King Vidor (ambos aparecen en LRHL junto a otro largo casting de personajes con su nombre real o ligeramente camuflado).

Un casting casi tan largo como el memorable de Cabrera Infante en su Tres tristes tigres (1967), otro escritor experto en cine, sobre el que escribió desde su juventud con el seudónimo G. Cain. En LRHL aparecen desde James Cagney, Barbara Stanwyck y John Huston hasta Robert Mitchum, John Ford y Henry Hathaway, pasando por todos los que fueron algo en el cine estadounidense, y algunas figuras del europeo (nuestro continente aparece en este libro como Arquea): Fritz Lang, Peter Lorre, Ingrid Bergman. Curiosamente, el protagonismo recae en una figura que solía ser el antagonista, por sus características físicas, Edward G. Robinson (nacido Edward Goldenberg en el Bucarest de 1893): aparece aquí como el líder de una facción resistente al poder dictatorial de Zelsinck, trasunto transparente de David O. Selznick, el omnipotente productor de Lo que el viento se llevó, Rebeca, Encadenados (que tiene un papel importante en el desen­lace de esta historia) y tantas otras. Hitchcock, el director de Encadenados hace aquí una aparición estelar vestido con ropa talar, siguiendo su costumbre de intervenir fugazmente en sus cintas (y en la novela lo hace en escena descacharrante en medio de una fiesta a la que solo le faltan los hermanos Marx, acompañado de un John Galliano travestido de Tiresias, el adivino ciego).

Un aspecto singular de LRHL es que todo cuanto se nos cuenta es «cierto»: las peripecias de los rodajes, los tejemanejes de las productoras y los caprichos de las estrellas, los equilibrios de poder… Los estudios se repartían efectivamente las carreras de los actores con contratos leoninos, así como las salas de proyección y los derechos de distribución, había leyes como el famoso Código Hays de moralidad sobre lo que podía o no mostrarse en pantalla (incluyendo la duración de los besos), la lucha por hacerse con RKO fue, en efecto, encarnizada (era el estudio que había producido nada menos que Ciudadano Kane, que aún suele aparecer encabezando las películas más destacadas de la historia). Justo después de los acontecimientos que se narran aquí todo va a cambiar: el terremoto de la «caza de brujas» y la aparición gradual de producciones hechas en Europa a menor precio —piénsese en Orson Welles a quien le resulta casi imposible moverse en el star-system—, acabarán con el estado de control total de los años 40. Pero esa es otra historia.

Robinson es una buena elección para encabezar esa resistencia de la organización RKO Ahora pues reunía (en eso que se suele llamar «vida real») un puñado de interesantes características como su origen europeo, su carácter de coleccionista de arte —tal vez de ahí sus papeles relacionados con la pintura: La mujer del cuadro (1944) y Perversidad (1945), ambas de Fritz Lang—, aunque nuestra favorita personal sea Perdición —también de 1944—, rodada a las órdenes de Wilder y guion de Chandler basado en una novela de James M. Cain. Hay una interesante reseña de su conversación con el soviético Andrei Gromyko de visita en EE UU. Aunque Robinson no fue víctima del macartismo, sí lo fue otro personaje de LRHL, Edward Dmytryk, cuya carrera se vio interrumpida entre 1947 (Encrucijada de odios) y 1954 (El motín del Caine), exiliándose en el Reino Unido. Por supuesto este va a ser un elemento que contribuya al fin del mundo que se presenta en este libro, la sustitución de la Alemania nazi (el enemigo en Encadenados) por la Unión Soviética en la guerra fría, con el espionaje desatado alrededor de la tecnología nuclear —el juicio al matrimonio Rosenberg, por ejemplo—. No solo, los estudios van a empezar a mostrar la violencia de forma más explícita en el cine negro (pienso en la cafetera que le arroja Lee Marvin a Gloria Grahame en Los sobornados (1953) o el propio Marvin en The killers (1964), un remake de la producción del mismo título, con unos jóvenes Burt Lancaster y Ava Gardner, a la que se alude en la novela que nos ocupa. También el western va a tomar protagonismo con grandes producciones de la MGM que culminan en La conquista del oeste, dirigida —no casualmente— por los dos hombres a los que Fierro otorga el mando del ejército invasor de RKO: John Ford y Henry Hathaway. Este aumento de los presupuestos ya se empieza a notar en Duelo al sol, vehículo para el lucimiento de la futura esposa de Selzinck, Jennifer Jones, protagonista también de Jennie, una favorita personal del que esto escribe, película de un exacerbado romanticismo dirigida por William Dieterle, al que se había recurrido para intentar salvar (junto a otros) el proyecto de Duelo al sol. Un estilo romántico que comparte con la antes citada El manantial (¡esos Cooper y Neal con el cabello revuelto por el viento de la cúspide del rascacielos, con el mundo a sus pies!) y que constituye un tercer vector de la decadencia del noir clásico, estilo que va a desembocar en las orgías de sangre de Peckinpah y De Palma o en la parodia autorreferencial de L.A. Confidential o La Dalia negra.

Pero dejemos de acumular citas: ¿es esto lo que Fierro quiere contarnos en LRHL? Una de las ventajas de leer a Álvaro Fierro es que siempre vamos a aprender algo, porque siempre sabe más que nosotros: de ingeniería, filosofía, música, química, cine o (desde luego) literatura. Para mí, el propósito fundamental del libro —y es discutible que toda novela deba tener tal propósito al margen de lo que en ella se cuente—, está explicado en las páginas 215-228 con el folleto La imagen que inventa el mundo y la conversación entre Cintia y Vruden. Nos permitimos citar algún extracto literal:

…que lo entretenga en el sentido etimológico de la palabra porque lo tenga dentro (…) Lo que a diario tienen delante y no son capaces de interiorizar por falta de tiempo, de perspectiva o de visión. No miran algo porque nadie les dice que tienen que mirarlo. (p. 218)

…quiero ser para el espectador un maestro que enseñe a mirar, y que lo que perciba cuando abre los ojos y ve mis trabajos lo remita a las grandes cuestiones: la vida, el tiempo, la naturaleza, el amor… (p. 219)

…usted se propone algo radicalmente diferente: hacer que la gente reflexione sobre el paso del tiempo, sobre su caducidad y eternidad, sobre su propia vida, en definitiva. A mí me parece que con esto usted consigue que aumenten su grado de consciencia. (p. 217)

Hemos obviado intencionadamente la mención en estas mismas páginas al macguffin que va a desencadenar la tragedia y que se explicita de forma didáctica y elegante. Pero sea esto o no lo que quiere decirnos el autor, ¿cómo lo transmite, de qué mecanismos se sirve? Hay tres elementos que quisiera destacar al respecto, porque hacen de LRHL un libro singular en eso que los pedantes llaman «panorama literario». En primer lugar, la estructura dialogada del texto, que alterna intercambios muy cortos, a veces de una sola palabra, típicos de los ingeniosos guiones de cine negro, con larguísimos diálogos de cerca de treinta páginas, con intervenciones individuales que superan la página completa. Si al principio hablan Huston, Cagney y Stanwyck (para introducir a Cintia), luego lo hacen Cagney, Bogart y Dmytryk para dar al lector toda la información sobre la situación en Pangea, el estado de RKO y las opciones de combatir a Zelsinck; luego Robinson hablará (en un cuasi monólogo) con Valentino (una de las grandes incógnitas de la novela) y el encantador personaje de Bomboncito —una de esas rubias tontas del cine que seguramente nos sorprenda en unos años con su inteligencia, como una nueva Marilyn Monroe—. No es necesario seguir, pues la cortesía del autor nos ayuda con títulos ilustrativos de sus capítulos (un poco a la manera de Robinson Crusoe). Estos diálogos forman una especie de «montaje paralelo» (expresión que ha hecho fortuna en el cine desde los tiempos de la escena de la escalera en El acorazado Potemkin) para que el lector vaya adquiriendo un conocimiento multidimensional de lo que ocurre y, sobre todo, de las explicaciones de lo que puede ocurrir. No es gratuito, en ese sentido, que Cintia sea periodista, si bien su afán de investigar va cediendo poco a poco paso a su implicación personal, sentimental, en la trama: LRHL es también una novela de amor. Y el tercer elemento destacable es el uso de la metáfora —¡no por nada es Fierro poeta egregio!—. Metáforas tan originales como «Huston está irritado como un boxeador del Antiguo Testamento» (pág. 27), adjetivaciones como «ojos inhóspitos» (pág. 70), sintagmas como «monologadas de llanto» (pág. 80), aliteraciones, sinécdoques, metonimias, anáforas… constituyen herramientas que, lejos de estorbar el desarrollo narrativo, contribuyen a una lectura atrayente. La misma nomenclatura de ciudades y accidentes geográficos —ese oceáno Zarco, las ciudades de Ambigua y Antigua, Incierta y Sospecha, Mística y Tristia, alguna broma privada como ese río Aqueloo— vienen a demostrar que el autor no afloja en ningún momento las riendas de un libro trabajado hasta el último detalle.

En fin, exégetas más dotados que yo podrán desvelar nuevos aspectos en sucesivas lecturas. Estas palabras que ya se van haciendo demasiado largas (y que el lector prudente se habrá saltado, de todas formas, para ir directamente al texto), no tienen otro objeto que el de animar —y conminar si hiciera falta— a esa lectura. Luego podrán disfrutar revisitando las películas citadas que ya verán con otros ojos, tal vez los ojos de Claude Rains en Encadenados, un Claude Rains que a mí, qué quieren que les diga, me recuerda a Herbert von Karajan, pero esa (también es Fierro gran melómano) es ya otra historia.

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